Uno de los argumentos

inválidos más frecuentes

del feminismo hegemónico

 

Falacia genética:

creer que basta

con mencionar las

injusticias pasadas

para probar la

existencia de injusticias

presentes

Roxana Kreimer

@RoxanaKreimer

@feminisciencia

La falacia genética es uno de los recursos más frecuentes del feminismo hegemónico. Se trata de una falacia lógica que consiste en cuestionar algo exclusivamente en virtud de su origen (génesis), pasando por alto cualquier diferencia con la situación actual. En este caso se pasa lista a las inequidades padecidas por las mujeres siglos atrás, se convocan citas de feministas célebres,  y se reafirma luego que hoy viven oprimidas por el patriarcado. En el artículo "Sororidad y praxis política feminista", la filósofa Danila Suárez Tomé llama a que el feminismo constituya "la comunidad de un nosotras” y para ello recuerda un pasaje de Simone de Beauvoir en "El segundo sexo", donde la filósofa francesa señala que la mujer nunca ha dicho "nosotras" y que por tanto nunca estuvo en la posición de sujeto: siempre fue "la otra" del varón. Además, agrega, a las mujeres se les ha hecho creer, mediante el ideal del amor romántico y de la maternidad como destino, que sus vidas estarían dotadas de significado gracias al varón con el que se casaran, los hijos que tuvieran y la casa que adornaran. Pero si bien esa situación descripta por Simone de Beauvoir existió, y aunque aún hay una serie de desventajas y discriminaciones que padecen las mujeres, las condiciones en que vive una mujer en 2018 son muy distintas a las que vivía la mujer en 1949, cuando el libro fue publicado. Articular una lucha solidaria en base a una situación pasada como si fuera presente constituye una falacia genética. En Argentina y en Occidente en general la mujer ya no es "la otra" del varón, y la mayoría de las personas ya no consideran que la mujer adquiere una identidad gracias al varón con el que forma pareja,  a los hijos que tiene y a la casa que adorna.

 

El informe de OIT-Gallup “Hacia un futuro mejor para las mujeres en el trabajo: la opinión de las mujeres y de los hombres” fue realizado en 142 países y territorios y mediante entrevistas a casi 149.000 adultos. Es representativo de más de 99% de la población adulta mundial. Allí el 83% de las mujeres y el 77% de los hombres considera absolutamente aceptable que la mujer tenga un empleo remunerado. Esto incluye los países donde la mujer ha conquistado menos derechos, es un promedio, y aún así resulta alentador.

 

Sólo 27% de las mujeres desea permanecer en el hogar, y convengamos que en Occidente hoy en día no necesariamente esa elección está basada en el sexismo.

En Argentina cifras similares surgieron de un estudio realizado por Analía del Franco para Analogías, y de uno de Cadem Research, donde un 27% de hombres ven bien que ellas no trabajen. Aún no se alcanzó por completo la igualdad de derechos, pero no parece que pueda sostenerse a esta altura que la mujer, al igual que en la época de Simone de Beauvoir,  no es un sujeto autónomo y meramente oficia como "la otra" del varón. Sabemos que los varones también padecen desventajas y discriminaciones en virtud de su sexo (asimetrías penales y jubilatorias, mayores índices de muerte violenta y de suicidio, menos posibilidad de ganar juicios de tenencia, mayor deserción escolar y universitaria, etc).

Podríamos leer con mayor principio de caridad el texto de Suárez Tomé y sostener que la unidad de un grupo (la finalidad de su artículo) puede fortalecerse apelando a su historia, pero el uso de la falacia genética es sistemático y no ocasional en la literatura del feminismo hegemónico e implica el reforzamiento de una inadecuada narrativa de victimización de la mujer.

 

En el libro "Sexualidades migrantes.Género y transgénero", compilado  por Diana Maffía en 2003, esta filósofa señala que si tuviera que resumir las creencias conservadoras y patriarcales sobre la sexualidad humana, lo haría con tres enunciados:

1. Los sexos son sólo dos: masculino y femenino

2. Las relaciones sexuales tienen como fin la procreación

3. La familia es una unidad natural

 

 

Dejemos el punto (1) para otra ocasión y analicemos los puntos 2 y 3. Dado que no se trata de un libro de historia, no queda claro si evalúa que un porcentaje significativo de la población argentina sigue creyendo que las relaciones sexuales tienen como exclusivo fin la procreación y que la familia es una unidad "natural". Sin embargo, pocos años antes de que se publicara este libro, la demógrafa del CONICET Susana Torrado dio a conocer un trabajo en el que describe profundos cambios en la familia (Encuesta de la Situación Familiar en Argentina, 2000). A modo de ejemplo: las cohabitaciones de triplicaron, hay más nacimientos extramatrimoniales, menos casamientos religiosos, retraso del matrimonio (principalmente de la mujer), aumento de las rupturas voluntarias y de las familias monoparentales y ensambladas.

Si la Diana Maffía aclarara que habla de las minorías conservadoras que, en efecto, siguen existiendo en La Argentina (como por ejemplo, Agustín Laje y "El libro negro de la nueva izquierda: ideología de género o subversión cultural"), quedaría claro que no identifica esas ideas con un patrón generalizado de la población, pero, nuevamente, el origen (la génesis)  de algo (el pensamiento conservador) sirve para fundamentar que vivimos en un patriarcado en el que las únicas víctimas son las mujeres (en ningún texto de la filósofa aparece mencionada la posibilidad de un sexismo que padezcan los varones).

En "El contrato moral" (publicado en internet), Maffía apela al mismo procedimiento: señala que previo al pacto social hubo un pacto sexual y moral en el que se excluyó a la mujer, y hace una historia de Platón en adelante, como en muchos de sus videos de Youtube, mencionando las frases sexistas de hombres eminentes de la historia de la cultura. Advierte en el final del escrito que es necesario revisar ese  pacto  moral  que  dejó  fuera  de la ciudadanía a negros, indígenas, mestizos y mujeres, y formular un contrapacto de inclusión. Pero en lo atinente a las mujeres (el tema que nos ocupa), en modo alguno puede fundamentarse la opresión actual meramente haciendo el raconto de la opresión pasada. Son necesarios estudios empíricos y estadísticos actuales, análisis que diferencien progresos y retrocesos.

El procedimiento no solo es usual en el feminismo sino, en general, en la filosofía de tradición continental y posmoderna: apelar a la genealogía histórica en lugar de basar los análisis en evidencias empíricas.

El último ejemplo pertenece a la biotecnóloga Lucía Ciccia, que sostiene que los científicos que encuentran evidencias sobre dimorfismo sexual en el cerebro son una versión aggiornada de los biologicistas que llevaron al genocidio nazi o de los conservadores que condenaron a Oscar Wilde. Tampoco llega a esa conclusión con el análisis detallado de estudios científicos, sino que dedica buena parte de sus artículos a realizar un raconto histórico de las  ideas erradas sobre la mujer desde el siglo XVIII en adelante, y de una ciencia cuyo objetivo habría sido, según su narrativa foucaultiana, disciplinar o moldear a las personas de acuerdo a parámetros hegemónicos. Remite al metaanálisis realizado por una investigadora (Janet Hyde), sin detenerse en él (Ciccia, 2015, y Ciccia, Potencial de acción: desde las neuronas hacia la Epistemología Feminista, sin fecha).

Pero los genetistas de antaño no tuvieron las mismas herramientas que los que investigaron setenta años más tarde. Estos últimos no han dado evidencias de sexismo (solo aparece esta palabra en el discurso feminista), ni el pensamiento conservador en la Argentina es igual hoy que el de un siglo atrás, aún cuando puedan perdurar algunos de sus exponentes, ni los problemas que enfrentan las mujeres son exactamente los mismos que en tiempos de Simone de Beauvoir.

Hemos recorrido un largo camino, aunque todavía quede bastante por atravesar, pero es imprescindible que el feminismo deje de alimentar narrativas de autovictimización que no lo favorecen y que llevan a desmerecer sus legítimos reclamos.