Crítica al

stand up

feminista

de Hannah

Gadsby

Roxana Kreimer

@RoxanaKreimer

@feminisciencia

 

En su stand up de Netflix, Hannah Gadsby cuenta cómo fue crecer en Tasmania, una isla que queda en el sur de Australia, siendo lesbiana y con un aspecto marcadamente masculino. Gadsby nació en 1979 y señala que el 70% de las personas en su lugar de orígen pensaban durante su infancia y adolescencia que la homosexualidad debía ser penalizada. De hecho recién en 1997 dejó de ser considerada un crímen.

Cuestionar las ideas de un show humorístico es problemático porque el humor no es un discurso directo sino una creación alrededor de ciertas ideas que pueden no tener un significado literal. Sin embargo, también suele tener un transfondo serio, de modo que la crítica a algunas de las ideas implícitas en este show es pertinente.

La primera parte muestra estrategias humorísticas bastante bien logradas que destacan los infortunios que Gadsby sobrellevó en ese contexto conservador no solo siendo lesbiana sino -fundamentalmente- por su apariencia masculina. Incluso hay una crítica respetable a las marchas de orgullo gay, que curiosamente son similares a las que planteó Michel Foucault: ponen la orientación sexual en un lugar protagónico de la identidad, cuando para muchos es solo un elemento más que define quiénes son como personas (Gadsby dice que pasa más tiempo haciendo cosas de chefs que haciendo cosas de lesbianas, y que le gustaría ser conocida como "la comediante chef").

En la segunda parte el show adquiere un cariz muy distinto. En primer lugar la comediante anuncia que dejará de hacer humor porque no es bueno que los marginados se rían de sí mismos. Pero esta es una de las buenas razones para hacer humor: reírse de uno mismo no se contrapone a la crítica social ni a la burla de la que es objeto quien  discrimina. De otro modo uno de los estilos de humor más inspirados del mundo, el judío, nunca hubiera existido, cuando su elemento peculiar  es justamente la autocrítica. El anuncio del fin del humor es muy claro toda vez que lo "políticamente correcto" limita la comicidad, y no digo esto porque crea que el humor no debe tener límites, sino porque si esos límites son demasiado estrechos, se dejará de hacer humor. Una muestra de esto es que los humoristas de stand up ya no quieren ir a las universidades norteamericanas porque pareciera que cada vez se puede hacer humor con menos temas. El último capítulo de Seinfeld fue muy elocuente al respecto.

En segundo lugar, en el stand up aparecen gran cantidad de elementos del feminismo corporativo: victimismo, homofobia, presuposición sin evidencia de que existe una paga desigual por el mismo trabajo realizado por hombres y mujeres (brecha salarial), discriminación en contra de los varones, reducccionismo sociológico, enojo y negación del humor. Gadsby se pregunta por qué vivimos separando a los niños en "equipos contrarios", "por qué no les damos seis o siete años para que consideren si están o no del mismo lado" (48´51´´). La respuesta es: porque los niños así lo prefieren y no hay evidencias de que esto los predisponga negativamente respecto al sexo opuesto. La tendencia a asociarse con otros del mismo sexo comienza a muy temprana edad y hay buenas razones para suponer que se trata de una predisposición biológica (Lippa, 2005; Maccoby, 1998).

Gadsby se queja de que subrayemos lo que hombres y mujeres tienen de diferente como si fueran de dos planetas distintos. Si bien es cierto que no lo son, esas diferencias existen, son significativas y las que, contrariamente a toda la evidencia disponible, niega el feminismo hegemónico, basándose en dos autoras, Janet Hyde (2016)  y Daphna Joel (2018), que omiten toda referencia a la teoría de la selección sexual, como si la evolución de nuestra especie se hubiera detenido en el cuello.

Luego Gadsby señala que la vida de los varones blancos y heterosexuales  es mucho más fácil que la de las mujeres (44´39´´) y como evidencia sostiene que un varón "recibe un buen servicio sin hacer ningún esfuerzo" (?) y usa los dos apoyabrazos en un asiento compartido (?), sugiriendo mediante un gesto que también hacen manspreading (abren las piernas en el transporte público, ocupando más lugar del que les corresponde). Considerar que los varones tienen, a diferencia de nosotras, algo entre las piernas, puede ser menos pertinente en este caso que recordar que hay otros ámbitos en los que las mujeres suelen ocupar más espacio que los varones: el botiquín del baño, el ropero y los mismos transportes públicos, cuando viajamos cargadas con bolsas y paquetes varios. Claro que ahí dirán que es el patriarcado el que las obliga a tener cinco pares de zapatos, paquetes y seis colores de rouge, como si fueran frágiles muñecas sin autonomía o poder de decisión. Gadsby podría encontrar renovada inspiración en "Self Made Man: One Women´s Year Disguised As A Man", el libro en el que Norah Vincent cuenta su experiencia cuando decidió pasar un tiempo de su vida disfrazada de varón. Ya no recibía atenciones ni tantos gestos de cortesía,  tuvo que padecer los desplantes y la crueldad de las mujeres en el mercado de citas y disfrutó de la hospitalidad de grupos de varones que jugaban al bowling con ella ("él" en realidad). Difícilmente aparecerá algo así en el stand up de Gadsby, ya que un principio básico de toda feminista formadora de opinión es el de no criticar nunca a otra mujer, por tanto la única que es objeto de crítica en el show es ella misma, y solo a propósito de su apareciencia física ("gorda y fea", aunque de fea no tiene nada, su rostro es muy hermoso).

Lo que Gadby dice de los varones sería considerado discriminatorio si refiriera a una mujer y fuera dicho por un varón. Sobre los varones dice "Me dan lástima", y luego vuelve a la carga con la categoría "hombre blanco heterosexual". Sí, en "chiste", claro. ¿Se toleraría el mismo "chiste" si se hablara de mujeres? ¿Y si en lugar de decir "heterosexual"  la palabra fuera "homosexual"? Admite luego que muchos creen que al cuestionar de este modo al "hombre blanco heterosexual" está ejerciendo un "machismo" que solo cambia de protagonista. Pero para defenderse de esa acusación dice "Ustedes escribieron las reglas. Léanlas", con lo que su argumento pasa a ser una falacia  "ad hominem tu quoque" (contra la persona tú también), pretendiendo justificar una conducta inaceptable solo porque el otro la desarrolló en el pasado o la desarrolla en el presente. Repite en numerosas ocasiones que no odia a los hombres, pero a renglón seguido los trata de "putos arrogantes" y de personas temibles, ya que sostiene que si está en una habitación rodeada de varones siente miedo. ¿Cómo puede semejante afirmación no resultar tan chocante? Allí durante larguísimos minutos cuenta cómo salió del closet, cómo de niña abusaron sexualmente de ella, un hombre le pegó en la calle cuando tenía diecisiete y dos la violaron cuando tenía veinte. Le grita al público, se enoja y sigue pegando un grito tras de otro, para luego formular una crítica de la ira y un elogio del amor. Como corolario sostiene  "el daño que me hicieron los hombres hizo que nunca vaya a florecer -en la vida- y por eso debo dejar la comedia". No sé si habla en serio, pero en el show el humor la había abandonado hace rato.