Ganó el Premio Nobel de la Paz en 2014

 

 

Malala Yousafzai y su

lucha por el derecho

de las niñas paquistaníes

a la educación

 

 

​Roxana Kreimer

@RoxanaKreimer

@feminisciencia

 

 

 

 

En 2009 los talibanes prohibieron que las niñas fueran a la escuela en Mingora, Paquistán, tras volar más de un centenar de escuelas a las que concurrían. En el valle de Swat también prohibieron que las mujeres vieran televisión, oyeran música y salieran de compras. Malala Yousafzai resistió la medida: su familia dirige una cadena de escuelas de la región.

A partir de ese momento Malala comenzó a escribir en un blog de la BBC. Enviaba sus notas escritas a mano, luego eran tipeadas y publicadas con pseudónimo. Tenía entre once y doce años, una edad similar a la de Ana Frank cuando, escondida en una casa de Amsterdam, escribió su diario durante el régimen nazi. En el blog contaba cómo era su vida bajo la ocupación talibán, de qué modo intentaban tomar control del valle, y su punto de vista sobre el derecho de las mujeres a la educación.

Cuando el 9 de octubre de 2012 Malala subió a un autobús escolar del distrito paquistaní de Swat, un hombre le disparó tres veces y la hirió en el hombro. La bala atravesó la piel a través de la longitud de la cara y recorrió un largo trayecto. Durante tres días estuvo inconsciente y en estado crítico, pero luego mejoró y fue trasladada al Hospital Queen Elizabeth de Birmingham, Inglaterra, para una rehabilitación intensiva. El 12 de octubre cincuenta clérigos musulmanes emitieron un comunicado contra el que trató de matarla, pero los talibanes reiteraron su intención de asesinarla, y la de matar a su padre.

Meses más tarde se recuperó y en el 2014, con 17 años, fue la persona más joven en recibir un Premio Nobel, en este caso el Premio Nobel de la Paz. Su historia quedó registrada en los libros "Yo soy Malala" (2013), autobiografía escrita con la periodista británica Christina Lamb y "Malala. Mi historia" (2015), escrita con Patrick McCormick.

Mi abuela Rosa me contó que en Polonia la madre de su madre tuvo que aprender francés a escondidas porque no estaba bien visto que una mujer estudiara. En Occidente hemos recorrido un largo camino, y victimizarse en el presente por las penurias pasadas -algo habitual en el feminismo contemporáneo- no es válido en términos lógicos (constituye una falacia genética: creer que es posible cuestionar algo solo en virtud de su origen, como si me victimizara porque se supone que mis antepasados judíos fueron esclavos en Egipto). Actualmente en  innumerables países no occidentales se están librando gestas más arduas que la de mi tatarabuela. En nombre de su relativismo de valores, el feminismo contemporáneo occidental suele permanecer silencioso en relación a estas luchas que requieren no solo de nuestra solidaridad sino de una participación activa que podría adquirir formas tales como la recaudación de fondos para mujeres en situación de vulnerabilidad en países no occidentales, o la presión para que la comunidad internacional adopte medidas.

Malala llevó adelante el programa del Institute for War and Peace Reporting's Open Minds Pakistan, que ayuda a los jóvenes a participar en debates sobre las cuestiones sociales a través de herramientas como el periodismo. Valores como la libertad de expresión, los derechos civiles y la igualdad de género, todos ideales constitutivos de la modernidad. Los países que libran su Revolución Francesa requieren de nuestra activa solidaridad y no de un ideal de tolerancia que se asemeja a la apatía.