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La feminista Diana Maffía cumple

el rol de "defensora de género"
en el diario Perfil y comenta la nota
sobre feminismo disidente que
ocupó la tapa del suplemento Cultura
del domingo 2 de diciembre del 2018,
en la que se incluye un recuadro con
la entrevista que me realizó Nancy
Giampaolo.

En su artículo del diario Perfil Diana Maffía no responde a ninguna de las críticas al feminismo hegemónico, del que es una representante destacada en Argentina, y lee sin principio de caridad haciendo una interpretación literal de las metáforas utilizadas en el copete en relación al feminismo disidente, que señala: "Con las espaldas cubiertas por autoras con las que hace difícil batallar". Maffía responde "¿Por qué deberíamos batallar y de la amenaza de quiénes debemos cubrirnos las espaldas en este movimiento? Como si al territorio discursivo ocupado por un "feminismo hegemónico" (así se lo califica varias veces) hubiera que entrar con guantes de box".

Maffía lee literalmente las metáforas, algo problemático dado que sería imposible hablar sin recurrir a ellas, puesto que esta identificación de dos realidades que contienen alguna semejanza entre ellas es omnipresente en todas las lenguas. Es curioso que formule esta crítica, ya que la propia Maffía utiliza en sus artículos la metáfora "batallar", como cuando dice en su propio blog "La Educación Sexual Integral es la madre de todas las batallas".  

En realidad Maffía se dedica fundamentalmente a criticar la bajada que acompaña al título de la nota, ya que en ningún momento menciona una idea concreta del feminismo disidente. También refiere a la tapa de una versión en español de un libro de Camille Paglia que muestra un guante de box, y aunque no da ninguna evidencia de haber leído a esta autora, dice que "ha sido llamada ´la rottweiler lesbiana de la Academia´.  Nuevamente, una metáfora que da cuenta del carácter crítico de Paglia pero que Maffía sin principio de caridad lee literalmente pretendiendo confirmar su tesis, cuando Paglia, lejos de estar cerrada a las nuevas ideas y de manejarse con meras descalificaciones tangenciales, es una acérrima defensora de la libertad de expresión,  fuertemente crítica y argumentativa, y no debe estar ni siquiera anoticiada de esa tapa del libro que solo corresponde a una edición de sus artículos en español. Esta crítica de Maffía es una falacia ad hominem (“la rottweiler lesbiana de la Academia”), un ataque a lo que ella interpreta como el carácter bélico de una corriente del feminismo disidente, que no da evidencias de conocer, falacia ad hominem en su variante tu quoque (tú también), ya que atribuye al feminismo disidente lo que el artículo refiere al hegemónico (su modalidad agresiva y su dogmatismo).

 Luego Maffía señala que "es valioso que Giampaolo y Kreimer establezcan sospechas y preguntas allí donde se han acomodado los dogmas", pero parece hablar "pour la gallerie", ya que no menciona, valora ni discute una sola idea del artículo, solo descalifica sin argumentar. Si se considera que algo es valioso y saludable, no es suficiente con decirlo, es necesario discutirlo con argumentos o aceptarlo.

Maffía tampoco comentó estas ideas cuando en gran cantidad de ocasiones la etiqueté respetuosamente en Twitter o cuando se las envié en forma privada por email. Su respuesta fue dejar de seguirme en Twitter y el silencio en nuestra comunicación por email cuando tras obtener su respuesta sobre un tema no conflictivo le pedí su opinión sobre el video Noruego "Lavado de cerebro. La paradoja de la igualdad", en el que se entrevista a los principales científicos que cuestionan hoy la tesis de la tabula rasa (Maffía fue la docente que en forma muy amable me tomó el examen final de Gnoseología en la Facultad de Filosofía, fue una jurado, también amable, en la defensa de mi doctorado, y la conozco someramente por quienes fueron amigos comunes, de modo que este silencio fue particularmente significativo para mí, y contrastante con su expresión pública de lo valioso que le parecería la apertura a nuevas ideas en el feminismo).   

En 2008 Paul Graham formuló una jerarquía del desacuerdo:

(1) el peor es la mera descalificación, e incluye desde la más simple hasta la más sofisticada, como la falacia ad hominem, utilizada por Maffía en relación a Paglia.

(2) el siguiente nivel consiste en responder al tono, a la forma y no al contenido. Es lo que hace Maffía al analizar solo la presentación de la nota,  e interpretando literalmente el tipo de metáforas que ella misma utiliza. Este nivel es mejor que el de la mera descalificación, pero todavía no habla sobre el contenido.

(3) el siguiente nivel es el de la contradicción, expresa desacuerdo pero no argumenta, no aporta nada.

(4) el siguiente nivel es el contraargumento: se utilizan argumentos  pero sin respaldarlos con citas que remitan a las fuentes.

(5) en el último nivel, el que resulta deseable para la argumentación racional, se debate con el punto central, y se apoya lo escrito con citas.

En síntesis, Maffía dice cosas políticamente correctas al lector, descalifica en forma falaz al feminismo disidente y salva las apariencias escribiendo que el cuestionamiento de dogmas es saludable, para finalmente no confrontar ni argumentar.

Uno de los elementos más objetables del feminismo hegemónico es justamente la manera en que debate las pocas veces en que tiene ocasión de hacerlo, las falacias de las que se vale, sus descalificaciones, que reemplazan a los argumentos, así como su marco teórico posmoderno, su reduccionismo sociológico y su indiferencia frente a los adelantos científicos de las últimas décadas. Si este esquema es evidente en una filósofa como Maffía, no es extraño que también esté presente en otras representantes del movimiento, menos entrenadas en la arquitectura de la argumentación.

De nuestra parte las puertas están abiertas para el diálogo, siempre y cuando se eviten las descalificaciones y el debate apunte al núcleo duro de los temas comprometidos en la agenda de género.